El día que conocí a Baltazar, el Rey Mago

Y todo cobró sentido:

¡Tenía frente a mí nada más y nada menos que a Baltazar, el Rey Mago negro.

 

 

          Nunca había visto a una persona tan negra y ese señor tenía la piel más oscura que recuerdo de mi infancia; mucho más que la del moro que había conocido en la tienda del pueblo. Pero este montaba un camello más grande y lucía un vistoso y elegante atuendo con todos los colores del arco iris. El gran pañuelo que coronaba su cabeza, enrollado de una manera muy particular lo asocié al nido dorado de un ave de fantasía.  

          Cuando era más pequeño, mis padres me habían dicho que los Reyes Magos no podían llegar a la isla porque los camellos le temían mucho al mar y era imposible trasladarlos en un barco. Por eso, no tenía sentido pedirles la navaja que tanto ansiaba para poder fabricar cometas, tallar figuritas de madera y hacer jaulas para pájaros, uno de mis placeres favoritos.

        Sin embargo, tres años antes, había sobrevivido al susto más grande de mi vida cuando, por primera vez, vi a uno de esos animales.  Después de que mi madre me calmó y me explicó su procedencia e intentó disimular con titubeos lo del supuesto temor que le tenían al mar, deduje que, si los camellos comunes y corrientes ya habían llegado a la isla, para los de los Reyes Magos eso era mucho más fácil. Por eso decidí escribirles una carta pidiéndoles mi tan añorada navaja. 

          Pero, ese año no llegaron. Ni el siguiente.  Lo supe porque le pregunté a todos los amigos y ninguno había recibido nada. Tal vez porque teníamos que portarnos bien los trecientos sesenta y cuatro días previos al seis de enero, y eso era imposible. 

 

       El encuentro con este segundo señor y su camello fue cerca del “Pozo de la Salud”, al cual acudía gente de todas las Canarias y de más lejos, cuando la artritis, reuma, problemas del estómago o pulmones, los obligaban a hacer el esfuerzo económico de pagar el alojamiento y la comida en el balneario instalado cerca.

         El agua se sacaba de un profundo pozo natural que había en la orilla de un enorme acantilado marino. Allí se mezclaba la de un manantial subterráneo que venía de la montaña con la del mar. Ignoro cómo lo descubrieron o cómo pudieron, en aquella época, abrir un hueco tan profundo en las rocas. 

            Los moros tenían una casa apartada de todas, que se asomaba al mar desde un peñasco y de ahí venía el señor de piel negra y ropa de todos los colores.  Tal vez porque vio el asombro en mi cara, le dio un leve tirón de riendas al camello e hizo que se parara frente a mí. La altura desde la cual me miraba sobrepasaba la de una higuera grande.  Me quedé paralizado, entre el animal y el borde del acantilado que acababa de remontar cargando el balde de agua salobre.

             Pero entonces me sonrió.

       El jinete que vestía esos atuendos tan vistosos me sonrió.  Sus dientes, en contraste con su piel, parecían más blancos que la sal e iluminaron su cara con una paz tan extraña que me tranquilizó al instante. 

            Y todo cobró sentido:

¡Tenía frente a mí nada más y nada menos que a Baltazar, el Rey Mago negro, el que había leído mi última carta y por fin vino a la isla!  Con razón (y a pesar de mi poco progreso en eso de enderezar mi conducta) tres días atrás, el seis de enero, había dejado debajo de mi almohada la navaja roja que fue uno de los tesoros más preciados que tuve en mi niñez.