La niña más bella

 

 

       Mírela, Padre. ¿Verdad que está bella mi niña? ¿Verdad que mi María Encarnación es la niña más hermosa que haya parido madre alguna? Cómo no va a ser así si siempre la he cuidado. Sé que Dios no me dio gracia, no soy guapa de cara, ni tengo tetas apetitosas, ni culo respingón, no camino con salero ni ningún hombre se ha fijado nunca en mí, como no sea para levantarme las enaguas y meter sus deseos entre mis piernas. Todos quieren solo eso, y si Dios me hubiera hecho más agraciada, me habría metido a puta; perdón Padre, pero si eso es lo único que quieren, pues que paguen unas pesetas y a la cama. Pero no, con esta cara ni eso. Se me ha ido el tiempo y ya se me ha pasado la edad de merecer. “¿Y ya para qué?”, decía mi madre “Seguro que con tus años ni quedar preñada puedes”. Pero yo no quería vivir sola, Padre. Yo quería un hijo, y le pedía al Señor que no me dejara sin tener uno. Y el Señor, mi Dios, que nos está viendo desde ese altar, me lo concedió. Por eso no me importó que el padre de mi María Encarnación se fuera después de que yo me dejé hacer, sin reparos. Me preñó y desapareció sin despedirse. Sabía que iba a ser así porque, como le dije, nunca tuve el amor de un hombre. Yo lo que quería era una niña, así como ella. Mírela, Padre, ¿verdad que es mona?; sabía que iba a ser hembra; antes de que naciera lo sabía, porque cuando matamos al cochino puse el riñón a cocinar junto a la carne para los chicharrones ¡Y el riñón se abrió! Si no se hubiese abierto, iba a ser varón, pero se abrió y supe que iba a ser una niña, por eso ya le tenía nombre: María Encarnación. No quise abortar, Padre, que eso sí es pecado, claro, ¡Dios me libre! Mi madre quería, pero yo me negué a hacerlo. A ella le daba vergüenza, y quiso impedirme que saliera de la casa para que no me vieran la barriga. Pero a mí no me importaba y seguí trabajando en el campo hasta el último día, Padre. Con mi niña en el vientre cavaba las papas y atendía las viñas y ordeñaba la vaca y hasta segaba el centeno. Para mí era como si ya hubiera nacido y me acompañara. Yo nunca había acertado a ser feliz, Padre, pero desde entonces sí lo soy. Le cantaba cuando aún estaba en mi vientre y sentía cuando ella estaba dormida o despierta. Antes del parto, para hacerlo menos trabajoso, bebí bastante agua de hortelana, sobre todo porque mi María Encarnación venía adelantada, de apenas siete meses, y tomé una copa de anís apenas parí, para fortalecerme y también una infusión tibia con incienso y vino. Cierto que mi niña nació como muerta, parecía que se me iba, pero poco a poco volvió a la vida. ¡Fue un milagro de Dios! Como era sietemesina y el invierno se había adelantado, la guarecí con mantas y botellas de agua caliente. Así durante tres meses hasta que consiguió peso. También calentaba una teja de barro y la acostaba encima, para mantenerla con calorcito; tapé la puerta y la ventana con mantas, por quince días, para que no nos enfriáramos, ni mi niña ni yo. Durante todo ese tiempo solo me lavaba las manos con agua tibia. Tampoco la bañaba a ella y cuando hacía sus necesidades, le limpiaba las partes con un paño mojado, y también en agua tibia, claro.  Y le tapé los ojitos durante ocho días, para que no le diera luz mientras se fuera acostumbrando.  Cuidaba que sus ropitas no agarraran sereno o luz de luna, para que no le dieran diarreas y yo misma le curé su herida de la vida: le echaba leche de almendras o leche tibia de vaca y se la envolvía con una faja larga, hasta que su ombliguito quedó perfecto. ¿Lo ve, Padre? Ni se le nota, ¿verdad? Como yo no daba buen pecho, porque lo que tenía no era suficiente, doña Gertrudis dio con el remedio: trajo una gata que también tenía crías y le dimos a beber leche de la vaca, entonces le aumentó la leche y después de los gatitos mamaba mi niña.  La que dejaba la gata me la tomaba yo, y entonces a mí también me aumentó la leche. A veces parecía que mi niña se quedaba aún con hambre, pero yo le hice su chupa con un trapo limpio, bien apretado, como una pelotita, y se la empapaba con un poquito de anís rebajado con agua, para que se calmara. Siempre le hacía una cruz con añil en la espalda, para protegerla del mal de ojo, y todos los días le rezo la oración para protegerla de cualquier otro mal. Antes se la rezaba Otilia, la rezandera, pero cuando ella no quiso hacerlo más, porque dijo que ya no hacía falta, le pedí que me la escribiera. Mire, aquí está el papelito, Padre. Aquí lo llevo siempre, doblado en mi pecho, mire… Claro, yo no sé leer y no entendía nada, pero la gente, que no todos son malos, Padre, me lo iba leyendo por partes, y yo me lo aprendí de memoria:

       “Criatura de Dios, yo te curo, ensalmo y bendigo en el nombre de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas, una esencia verdadera, María, Nuestra Señora, concebida sin mancha de pecado original, Virgen antes del parto, en el parto y después del parto…”

       Sí, sí, disculpe, Padre, es verdad; es muy largo y no quiero mortificarlo. A lo que vine, a lo que vine, sí. Le cuento todo esto para que vea que los que dicen que estoy loca están equivocados. ¿Cómo pueden decir que mi María Encarnación, mi bella niña… ¿verdad que es bella, Padre? Mírela, Padre, mírela cómo se ríe. El médico me dijo que se había muerto por las fiebres; mi madre, que Dios me la había quitado por ser hija del pecado; la gente, que mejor así para que no creciera sin padre… Pero todos son malos, egoístas, y quieren quitármela. ¡Mírela, Padre! ¿Cómo pueden decir eso?  ¡Ellos no tienen fe en Dios! porque, digo yo: si yo hice todo lo que tenía que hacer, y le di a mi niña todos los cuidados, y Dios permitió que viviera, ¿me la iba a quitar después? Dios no puede ser tan injusto, ¿verdad? O sea, digo yo: si Dios todo lo puede y me hace eso, entonces Dios es tan cruel o más que la otra gente, la que se empeña en que estoy mal de la cabeza, y entonces Dios estaría mal de la cabeza también… ¡No, no, ¡Padre, válgame Dios! ¡Yo sé que no es así, y por eso vine a su Iglesia! Caminé dos días para llegar, porque este es el único pueblo de esta parte de la isla a la que le pusieron iglesia. Menos mal que yo tengo la planta de los pies dura, como suela de alpargata. Y aquí estoy. Vine a que usted me la bautizara. Mírela, Padre, ella parece que sabe, porque se ve contenta, ¿no? Quiero que le eche el agua bendita para que Dios la libre de todo pecado y la acepte. Y si Dios la acepta, ya no podrán decir más que mi María Encarnación no existe, que ella es solo una muñeca de trapo, ¿verdad, Padre?