Llevaba un buen rato contemplando el mar, sobre el borde del acantilado y recostado en la misma roca desde donde el abuelo Domingo lo vio por última vez. Acostumbro hacerlo todos los días, cuando vengo a la isla, y al final de la tarde. La briza con sabor a sal hace más llevadero el calor y el golpeteo de las olas contra las rocas crea un ritmo relajante. Me gusta cuando el sol se sumerge en el horizonte y va tiñendo el agua de tonos azafranados.
Me levanté y cogí el camino de vuelta al pueblo. Apenas había dado unos pocos pasos cuando una sensación ya conocida, como de cierta liviandad salobre, me hizo detenerme y voltear hacia atrás.
El cuerpo que habito seguía sentado sobre la roca.
De un tiempo para acá tiene la costumbre de moverse a su ritmo, siempre rezagado y cada vez más lerdo y desobediente. Yo me apoyo en el bastón para levantarme de un tirón y él me jala hacia abajo, empecinado en seguir sentado. O calculo el tiempo que me tomará recorrer cualquier distancia y tengo que pararme de vez en cuando a esperarlo.
En fin, ahí vamos; cada vez más lentos, cada vez costándonos más arrastrar nuestra sombra, cada vez más distraídos; pero despojados de imposturas, relojes y prisas.
Y no está tan mal, después de todo.
Pero esta tarde me cansé de esperarlo, hasta que del sol solo quedaba un largo reflejo rojizo detrás del horizonte.
“Ahí te dejo, viejo impertinente” —le dije—. “Ven cuando te dé la gana”… “O no vengas”.
Me fui sin mirar atrás ni esperar respuesta.
Y no pienso volver.
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